Cuando el cuerpo de la mujer se encuentra recuperado y si se ha reconocido y aceptado la pérdida.
Cuando se ha reconciliado con ella misma en su totalidad (cuerpo-mente-espíritu) y está emocional y afectivamente estable, lo que implica reconocer la identidad única (no sustituible) del hijo que ha fallecido, porque todos merecemos un lugar especial, nombre y amor correspondiente a ese espacio particular que le corresponde, de parte de los que le rodean.
